Yo no soy el que sana
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"Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros." — 2 Corintios 4:7 (RVR1960)
Hay una trampa silenciosa en el corazón del líder que cuida a otros. No tiene nombre fácil, pero se siente así: cuando alguien que acompañas no mejora, sientes que fallaste. Cuando alguien llora, quieres que deje de llorar rápido. Cuando alguien se pierde, lo cargas como si fuera culpa tuya.
Eso no es responsabilidad. Es confusión de identidad.
El vaso y el tesoro
Pablo usa una imagen brillante: somos vasos de barro. Frágiles, ordinarios, con grietas. Pero llevamos un tesoro adentro — y la gloria del tesoro no depende de la calidad del vaso.
Dios no te eligió porque eras el más capaz. Te eligió porque a través de tu fragilidad, Su fuerza se ve más claramente.
Cuando intentas ser tú el que sana, dos cosas pasan:
- Te desgastas, porque no estás hecho para eso.
- Le quitas a la persona la experiencia de encontrarse con el único que sí puede sanarla.
Jesús como modelo
Jesús sanó a multitudes. Pero nunca operó desde el ego del sanador. Repetidamente dijo: "Tu fe te ha salvado" (Marcos 5:34), "el Padre que mora en mí, él hace las obras" (Juan 14:10).
Él era completamente presente. Completamente compasivo. Y completamente claro en que la fuente no era Él mismo, sino el Padre.
Eso es lo que tú puedes imitar: la presencia, no el poder de sanar.
Lo que sí eres tú
No eres el sanador. Pero sí eres:
- Un compañero de camino — alguien que caminó lo suficiente para mostrar una dirección.
- La presencia — alguien que se queda cuando otros se van.
- El puente — alguien que ayuda a otro a acercarse a Dios, a la comunidad, a la Palabra.
- El testigo — alguien que dice "yo vi cómo Dios actúa" y eso le da esperanza a quien todavía no lo ha visto.
Eso no es poco. Es mucho de lo que alguien en crisis necesita.
Para reflexionar
¿En qué momento(s) de tu rol como líder has sentido que la responsabilidad de "sanar" o "resolver" estaba sobre tus hombros? ¿Cómo te afectó eso?